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El bebé, ¿todo está en los genes?

Al igual que durante el embarazo ansiamos saber el sexo del pequeño, tras el parto ansiamos saber a quien de los familiares se parecerá más: a ti, a su padre, a la abuela…

La clave está en los genes pues la herencia genética dejó su huella en el bebé desde el mismo momento de la fecundación. ¿Quieres saber qué determinan y qué no? Te lo describimos a continuación

En el momento en el que se concibe al pequeño ya queda definida su herencia genética debido a los cromosomas (estructuras químicas en las que se contienen todas las instrucciones necesarias para que se desarrolle un nuevo ser) en cuyo interior se encuentran los genes, responsables de la transmisión de los caracteres hereditarios. Cada célula del organismo contiene 46 cromosomas (agrupados en pares); a excepción de los óvulos y espermatozoides, que contienen 23 cromosomas.

Con la fecundación de estas dos últimas células dotan al embrión de la carga genética completa (46 cromosomas), tras la fecundación comienza la división celular: a partir de una única célula se forman dos, luego cuatro, luego ocho… dando lugar a los órganos y tejidos. Entonces ¿cómo es posible que si todas las células se han desarrollado a partir de una sola y tienen por tanto las mismas instrucciones genéticas, den lugar a órganos diferentes?

Esto es posible gracias a un proceso de especialización celular, todas las células contienen la misma información, pero se especializan para cumplir una función determinada. Así, unas desarrollan más unos órganos y dejan olvidados otros, que serán los que expresen otras células, dependiendo del órgano del que formen parte.

El 95% de nuestro ADN (el ácido que agrupa todos los genes) contiene “información basura”, sólo el 5% restante es fundamental para el desarrollo del organismo.

Respecto al sexo, está determinado por esos 46 cromosomas, y en concreto por los del padre. De los 23 pares de cromosomas, los 22 primeros se denominan autosomas y el par 23 gonosoma. En éste, la madre porta siempre un cromosoma femenino (X), mientras que el padre puede portar un cromosoma femenino o uno masculino (Y). La probabilidad de que sea uno u otro es del 50%. Si has tenido una niña, el cromosoma que llegó del padre fue femenino y se formó el par XX. Si tu bebé es un niño, el cromosoma del padre fue masculino y se creó el par XY.

En cambio, otras características genéticas no son tan evidentes e irán manifestándose a medida que pase el tiempo. Nos referimos a los aspectos físicos como el color del pelo o las facciones del bebé.

Si los dos sois morenos es posible que el pequeño herede un pelo moreno, pero ¿qué ocurre cuando la pareja no tiene las mismas características? En este caso una información domina a la otra y se impone. Si el color rubio es más poderoso que el color moreno, tu hijo tendrá el pelo rubio. Aun así, el niño es portador del gen del pelo moreno y puede transmitirlo a sus descendientes. Del mismo modo, una gemela puede no tener hijas gemelas, pero sí nietas. Podemos hablar de genes dominantes y recesivos respectivamente, los responsables a la hora de transmitir uno u otro gen.

A su vez, la altura y la corpulencia del pequeño son otros de los factores físicos evidentes en esta transmisión genética. La talla de tu hijo viene determinada por un conjunto de genes, no por un único gen de modo que si los dos sois altos, vuestro hijo seguramente también lo será. Respecto a la obesidad, si los dos padres son obesos, los hijos tenderán a ser obesos (hasta en un 80% si los dos padres lo son). No obstante, también influyen los factores ambientales como un correcto hábito alimenticio del niño.

Así, los rasgos físicos que transmites a tu hijo pueden variar levemente acorde al estilo de vida que lleve éste en el futuro, cuestiones ambientales, culturales y de nutrición, pero evidencian la herencia genética… En estos cambios tiene mucho que ver la epigenética, que mide las minúsculas variaciones químicas que tienen lugar en el ADN y hace que éstas se expresen (apareciendo la diferenciación) o se inhiban (siendo los gemelos idénticos toda la vida).

Pero no sólo los genes afectan en el aspecto físico del pequeño, también se heredan las malformaciones o las enfermedades. Actualmente están identificados unos 16.000 problemas genéticos, aunque si la información que portan la madre y el padre es correcta, el bebé resulta siempre sano.

Si por el contrario, un gen es correcto y el otro no, el resultado final dependerá en primer lugar del cromosoma involucrado, esto es, de si es un autosoma o un cromosoma sexual.

En el caso del autosoma si el gen erróneo es dominante el bebé heredará la enfermedad; si por el contrario es recesivo, el bebé estará sano pero portará la enfermedad y podrá transmitirla. En caso de que los dos genes sean erróneos, los hijos resultan siempre afectados.

Si hablamos de enfermedades ligadas al cromosoma sexual X (las ligadas al Y sólo se transmiten del padre al hijo varón) hay nuevas apreciaciones. Si la enfermedad es dominante, la niña (por contener los dos cromosomas X) padecerá la enfermedad; si es recesiva, la niña será portadora sana. Si tienes un hijo, será sano o enfermo dependiendo de si ha heredado el gen enfermo o no (él sólo tiene un gen X), independientemente de si éste es dominante o recesivo.

Más allá de los genes: carácter e inteligencia

Por su parte el carácter del pequeño no se hereda 100% de los padres, los resultados han mostrado que el carácter está en parte determinado por la herencia y en parte influido por el ambiente y la educación.

Así, se puede decir a priori que su carácter es algo innato hasta que interactúa con su entorno, adquiriendo un caracter aprendido. Sin darte cuenta, el comportamiento de tu hijo dependerá en parte del de sus padres pues moderas su conducta acorde a tu caracter.

La línea entre ambos es muy delgada y no es posible predecir dónde empieza uno y dónde termina el otro pero lo que está claro es que no es algo ligado a los genes.

Tampoco se hereda la inteligencia del pequeño. No porque el padre sea listo, el pequeño tiene que serlo. Diversos estudios coinciden en que son muchísimos los genes que actúan en el cerebro y en que la genética “sólo” es responsable en un 50% de la inteligencia de los hijos. El resto lo determinan la cultura, el ambiente, la estimulación… Se puede estimular la inteligencia en el embarazo pero eso no implica que se herede genéticamente.

El futuro de la genética, un avance fabuloso
Afortunadamente, la ciencia avanza y se están desarrollando diversas investigaciones con el fin de lograr una terapia génica aplicable que ayude a resolver esas enfermedades hereditarias, permitiéndonos concebir hijos más sanos.

Así dicha terapia consiste en reparar los genes erróneos mediante diferentes estrategias: desde extrayendo las células con problemas para arreglarlas y volverlas a insertar ya sanas, hasta introduciendo directamente el gen reparador en el órgano enfermo. Sin duda, su ejecución supondrá un avance médico fabuloso.

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